La autoexigencia tiene muy buena prensa. A menudo se confunde con disciplina, ambición o “tener estándares altos”. Pero hay un punto en el que exigirte deja de ayudarte y empieza a pasarte factura. Ese punto suele aparecer cuando el perfeccionismo se convierte en una norma interna: hagas lo que hagas, no es suficiente; si descansas, te culpas; si cometes un error, te lo echas en cara durante días. En lugar de empujarte con cariño, te empuja con miedo.
Cuando la autoexigencia se vuelve rígida, deja de ser motivación y se convierte en un mecanismo de control. Y el control, a la larga, suele generar ansiedad, bloqueo y autosabotaje. No porque no seas capaz, sino porque tu sistema nervioso acaba funcionando en modo amenaza: “si fallo, pasa algo malo”.
Qué es el autosabotaje interno (y por qué parece que viene de “ti”)
Hablamos de autosabotaje cuando, sin darte cuenta, tomas decisiones, sostienes hábitos o mantienes un diálogo interno que te aleja de lo que deseas: bienestar, calma, relaciones sanas o un ritmo de vida más equilibrado. A veces el autosabotaje no se ve como “hacer algo mal”, sino como no permitirte estar bien: no celebrar, no parar, no pedir ayuda, no confiar.
Lo paradójico es que, en muchos casos, el autosabotaje intenta protegerte. Si aprendiste que equivocarte tenía consecuencias (crítica, comparación, rechazo, vergüenza), es lógico que tu mente intente evitar el error a toda costa. El problema es que vivir así te mantiene en tensión constante.
Señales de autoexigencia dañina
- Nunca es suficiente: terminas una tarea y tu mente ya está señalando lo que faltó.
- Descansar te genera culpa: sientes que “no te lo has ganado” o que estás perdiendo el tiempo.
- Miedo al error: procrastinas o te bloqueas porque “si no sale perfecto, mejor no hacerlo”.
- Te hablas con dureza: frases internas tipo “qué tonta”, “siempre igual”, “no valgo”.
- Comparación constante: te mides con los demás para confirmarte que “no llegas”.
- Logros sin disfrute: alcanzas objetivos, pero no sientes satisfacción real.
De dónde suele venir la autoexigencia
No siempre es algo consciente. A veces se construye en la infancia y adolescencia, cuando recibir reconocimiento estaba ligado a rendir, portarte bien o destacar. O cuando el entorno premiaba el éxito y castigaba el error. También puede aparecer si viviste inseguridad o falta de control: exigirte se vuelve una forma de intentar que “nada se desmorone”.
En el fondo, la autoexigencia extrema suele esconder necesidades emocionales: necesidad de aprobación, de sentirte válida, de evitar el rechazo, de pertenecer. Si tu autoestima depende de hacerlo impecable, vivirás con una presión que nunca termina.
Cómo transformar el perfeccionismo en una exigencia sana
La meta no es “dejar de ser exigente” (a veces te gusta cuidar lo que haces), sino cambiar el tono y la rigidez. Una exigencia sana te ayuda a crecer; la exigencia dañina te rompe. Algunas claves:
1) Cambia el criterio: de “perfecto” a “suficientemente bueno”
Lo suficientemente bueno no significa mediocre. Significa realista. Significa que puedes entregar algo de calidad sin convertirlo en una tortura. Pregúntate: ¿Qué es lo mínimo viable para avanzar hoy? Avanzar suele ser más terapéutico que quedarte congelada intentando hacerlo perfecto.
2) Entrena un diálogo interno más justo
Imagina que una amiga te cuenta exactamente lo que te estás diciendo a ti. ¿Le hablarías así? Practica frases como: “estoy haciendo lo que puedo”, “esto es difícil”, “puedo aprender”, “un error no define mi valor”. No es autoengaño: es higiene emocional.
3) Aprende a tolerar el error sin derrumbarte
El error es inevitable. El perfeccionismo te promete seguridad si lo haces todo bien, pero la vida no funciona así. Cuando toleras pequeños errores (sin castigarte), tu sistema nervioso aprende que no hay catástrofe. Eso reduce la ansiedad y aumenta la confianza.
4) Separa valor personal de rendimiento
Tu valor no sube cuando lo haces perfecto ni baja cuando fallas. Tu valor es estable. Lo que cambia es tu desempeño en un contexto concreto, y eso es humano. Repetírtelo, aunque al principio cueste, tiene un efecto profundo.
Mini ejercicio: detectar el “debería”
Durante un día, anota cada vez que aparezca un “debería”: “debería poder con esto”, “debería estar mejor”, “debería hacerlo perfecto”. Al lado, escribe una alternativa más compasiva y realista: “me gustaría poder, pero hoy me cuesta”, “estoy en proceso”, “puedo hacerlo bien sin destrozarme”.
Cuando pedir ayuda también es parte del cambio
Si la autoexigencia te acompaña desde hace años, es normal que no se resuelva con dos frases positivas. A veces hay heridas más profundas: vergüenza, miedo al juicio, necesidad de control o experiencias tempranas donde no hubo espacio para sentir. En terapia se trabaja para que puedas construir una relación contigo más segura, menos castigadora y más sostenible.
CTA suave: Si sientes que tu autoexigencia te está pasando factura (ansiedad, bloqueo, culpa al descansar o un diálogo interno duro), la terapia puede ayudarte a transformar esa presión en cuidado y motivación saludable.



