Muchas personas llegan a terapia con la sensación de que “siempre les pasa lo mismo”. Relaciones que se repiten, emociones que se activan con demasiada intensidad, dificultad para poner límites o una exigencia interna que nunca descansa. Y aunque a veces cuesta verlo, gran parte de estos patrones no nacen en la adultez. Tienen raíces mucho más atrás.
Este artículo es una invitación a comprender cómo tu infancia puede seguir influyendo en tus relaciones actuales, no para quedarte atrapada/o en el pasado, sino para dejar de repetirlo.
La infancia no se queda atrás: se integra
La infancia no desaparece cuando crecemos. Se integra en forma de creencias sobre el amor, maneras de protegernos, respuestas automáticas y sensibilidad ante ciertas situaciones. No porque quieras, sino porque fue allí donde aprendiste cómo estar en relación con otros.
No es que “sigas viviendo en el pasado”. Es que el cuerpo y la emoción recuerdan lo que fue aprendido. Por eso, en situaciones parecidas a las de entonces (conflicto, distancia, rechazo, incertidumbre), tu sistema nervioso puede reaccionar como si estuvieras en aquella época.
Aprendimos a vincularnos para sobrevivir
En la infancia no elegimos cómo relacionarnos: nos adaptamos. Si para sentirte querida/o tenías que ser responsable, no molestar, cuidar a otros, hacerlo todo bien o esconder necesidades, eso se convirtió en tu forma de estar en el mundo. En su momento, fue una estrategia inteligente. En la adultez, puede transformarse en autoexigencia, dependencia o vínculos desequilibrados.
Cuando los roles infantiles se repiten en la adultez
- Quien fue “el fuerte” puede evitar mostrarse vulnerable.
- Quien fue “el responsable” puede sobrecargarse y sentir culpa al descansar.
- Quien fue “el complaciente” puede perderse para que no le dejen.
- Quien fue “el invisible” puede sentir que no importa y no pedir.
Por qué cuesta cambiar patrones que ya “entiendes”
Porque no son solo ideas. Son respuestas emocionales aprendidas. En momentos de cercanía, conflicto o pérdida, el sistema nervioso activa lo conocido: “esto ya lo sé hacer; así sobreviví antes”. Por eso, incluso sabiendo racionalmente qué no quieres repetir, el cuerpo reacciona antes que la mente.
Empezar a relacionarte desde el presente
El cambio no pasa por borrar el pasado, sino por revisarlo con cuidado. Algunas preguntas útiles:
- ¿Qué aprendí sobre el amor en casa?
- ¿Qué tenía que hacer para sentirme aceptada/o?
- ¿Qué partes de mí tuve que esconder?
- ¿Qué sigo haciendo hoy para no perder al otro?
Responderlas no es remover por remover. Es empezar a relacionarte contigo desde un lugar más consciente.
La terapia como espacio de actualización emocional
En terapia no se busca culpar ni revivir el pasado sin sentido. Se trabaja para comprender patrones, diferenciar pasado y presente, crear seguridad emocional y construir nuevas formas de vínculo. Sanar no es convertirte en otra persona: es permitirte ser tú sin tener que sobrevivir todo el tiempo.
CTA suave: Si sientes que tu historia sigue influyendo en la forma en que te relacionas hoy, la terapia puede ayudarte a comprender esos patrones y construir vínculos más libres y seguros.
Ejemplos típicos en pareja y amistades
En pareja, puede aparecer como miedo a que te dejen si pones límites, necesidad de confirmar que todo está bien o dificultad para expresar enfado sin culpa. En amistades, a veces se traduce en estar siempre disponible, sentir que tienes que cuidar del otro, o evitar conversaciones incómodas por miedo a perder el vínculo.
Un paso práctico: diferenciar “pasado” y “presente”
Cuando notes una reacción intensa, pregúntate: ¿esto pertenece a lo que está pasando ahora o a lo que se parece a algo de antes? A veces la emoción es real, pero la intensidad viene del pasado. Identificarlo reduce la sensación de confusión y te permite responder con más calma.
Idea final: entender tu patrón no te hace débil; te hace consciente. Y la conciencia es el primer acto de libertad.



